¿El hambre que tengo es real?Cómo entendemos el hambre: una reflexión sobre nuestros impulsos alimentarios

impulsos alimentarios

Hace poco tuve que viajar muchas horas en avión y, para mí, volar siempre es una pequeña pesadilla. No solo por las horas sentada, sino porque la comida de los vuelos me resulta imposible de comer. Así que suelo llevar conmigo frutos secos, fruta fresca o algo sencillo y saludable para evitar pasar hambre.

En ese viaje, mientras leía un libro fascinante de la pediatra Jan Chozen Bays, que analiza cómo percibimos la sensación de hambre y cómo nuestros comportamientos inconscientes nos llevan a comer sin necesidad, comencé a observar a mi alrededor.

Durante el reparto de comidas y bebidas, me sorprendió ver cómo la mayoría de los pasajeros pedían refrescos, zumos industriales, bebidas alcohólicas e incluso varias raciones de comida, aunque el vuelo era de apenas unas horas y sin gasto energético significativo.

Entonces pensé:

¿Realmente comemos por hambre o simplemente por impulso?

Y justo el libro que tenía entre manos respondía a esa pregunta.


Lo que olvidamos al crecer: la conexión natural con el hambre real

Jan Chozen Bays explica que los bebés nacen perfectamente conectados con sus señales internas. Comen cuando tienen hambre y se detienen cuando están saciados. De manera natural, regulan las cantidades que necesitan para crecer y desarrollarse.

Sin embargo, a medida que crecemos, esa conexión se va debilitando. Las presiones sociales, el estrés, la publicidad, los hábitos familiares y el entorno nos desconectan de las señales de nuestro cuerpo. Aprendemos a comer por costumbre, por ansiedad, por aburrimiento o simplemente porque algo está disponible o “parece apetecible”.

Durante aquel vuelo, comprendí que la mayoría de nosotros comemos sin hambre real. Respondemos a deseos mentales, visuales o emocionales, más que a las necesidades fisiológicas del cuerpo.


Los 9 tipos de hambre según Jan Chozen Bays

La autora define nueve tipos de hambre que nos ayudan a entender mejor por qué comemos cuando no lo necesitamos realmente.

1. Hambre visual 👀

A veces comemos con los ojos. Es el clásico caso del postre irresistible cuando ya estamos llenos. La imagen estimula el deseo, aunque el cuerpo no lo necesite.
Consejo práctico: usar platos más pequeños o presentaciones coloridas y atractivas puede ayudarnos a comer menos y disfrutar más.

2. Hambre de tacto

Está relacionada con las sensaciones al tocar o masticar los alimentos. Comer con las manos o disfrutar de las texturas activa una conexión más consciente con la comida. Sin embargo, el sonido crujiente de ciertos alimentos (como las patatas fritas) también puede estimular el apetito sin hambre real.

3. Hambre auditiva

Los sonidos influyen enormemente en nuestro comportamiento. La música alta en restaurantes o el sonido del crujido pueden empujarnos a comer más rápido y beber más alcohol, según diversos estudios.

4. Hambre olfativa

El olor de una comida deliciosa puede despertar el deseo de comer incluso después de haberlo hecho. El aroma del pan recién horneado o del guiso de la abuela activa recuerdos y emociones que nos llevan a comer de nuevo.

5. Hambre bucal

La industria alimentaria explota esta hambre añadiendo más azúcar, sal y grasa a los productos. Esto desensibiliza nuestro paladar y nos hace depender de sabores intensos, perdiendo la capacidad de disfrutar los sabores naturales.

6. Hambre estomacal

Esa sensación de “vacío” o retortijones no siempre significa hambre real. A menudo está condicionada por la rutina (comer siempre a la misma hora). Cuando practicamos ayuno o cambiamos de horarios, esa sensación se reajusta. Aprender a escuchar la saciedad es clave para no sobrealimentarnos.

7. Hambre celular

Se manifiesta con mareos, irritabilidad, agotamiento o dolor de cabeza. Es la forma en que el cuerpo nos avisa de carencias nutricionales reales. En estos casos, es recomendable acudir al profesional sanitario para identificar posibles déficits.

8. Hambre mental

Está relacionada con pensamientos, creencias y modas alimentarias. Vivimos rodeados de mensajes contradictorios: alimentos “buenos” y “malos”, dietas milagrosas o tendencias que generan ansiedad y confusión.

9. Hambre emocional

Aunque la autora no la separa en todos sus textos, muchas personas la viven a diario: comer para calmar emociones como la tristeza, el estrés o la soledad. Esta hambre no se sacia con comida, sino con autocuidado, descanso y conexión emocional.


Volver a escuchar al cuerpo

Comprender estos tipos de hambre nos permite reconectar con nuestras sensaciones internas y recuperar una relación más sana y consciente con la comida.
No se trata de prohibir o restringir, sino de entender por qué comemos y aprender a detenernos antes de hacerlo por impulso.

La próxima vez que sientas hambre, pregúntate:
¿Qué tipo de hambre tengo ahora?
¿Realmente necesito comer o busco calmar algo más?

Recuperar la conexión con nuestro cuerpo es el primer paso hacia una alimentación equilibrada, placentera y sostenible.

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